Mayores de 50, comunidad y competición: el costado social del Waterpolo Master 2026 que reunió varias generaciones en Rosario

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El Encuentro Waterpolo Master 2026 reunió en Rosario a más de 90 personas de distintas provincias en un torneo mixto, recreativo e intergeneracional.

El viernes 14 de agosto, a las nueve de la noche, una pelota empezó a moverse entre siete jugadores de cada lado en la pileta del Club Universitario de Rosario. En el agua estaban el equipo local versus la Universidad Nacional de Rosario. Al día siguiente se sumaron Dogos de Buenos Aires, Grek de Córdoba y un combinado recreativo de jugadores de San Juan y Chubut. Durante tres días, el Encuentro Waterpolo Master 2026 reunió a jugadores de distintas edades y procedencias en una competencia que se presentó como mixta y recreativa.

La escena podía parecer, a primera vista, la de cualquier torneo. Había horarios, equipos, árbitros, planilleros, entrenadores y partidos programados. Pero había otra particularidad. Muchos de los que estaban dentro del agua habían llegado al waterpolo después de los 50 años. Algunos habían nadado desde chicos. Otros aprendieron a flotar de adultos. Varios llegaron detrás de sus hijos.

La organización del Waterpolo Master 2026 preparó el evento durante meses y debió ajustarse a los requisitos institucionales y jurídicos del Club Universitario de Rosario.

El reglamento no deja demasiado espacio para la pausa. El waterpolo se juega con siete jugadores por equipo, seis de campo y un arquero. Los partidos se dividen en cuatro períodos de ocho minutos de juego efectivo y cada ataque tiene un máximo de 30 segundos. Los jugadores no pueden tocar el fondo de la pileta y no pueden tomar la pelota con las dos manos.

Un torneo recreativo para distintas edades y niveles

Carolina Orso tiene 50 años y es licenciada en Economía. Durante buena parte de su vida eligió deportes individuales. Nadaba, pero nunca lo había hecho de manera competitiva. Un día salió de nadar y encontró a un grupo femenino de waterpolo que estaba creciendo en el club. La invitaron. Dijo que sí.

Ese gesto terminó llevándola, años después, a participar de la organización del encuentro. La tarea había comenzado varios meses antes. No alcanzaba con reunir jugadores y armar partidos. El encuentro se realizaba dentro de una institución y debía respetar normas y procedimientos del club.

—Es bastante complejo poder divertirse, organizar una linda jornada, un lindo encuentro que sea dinámico, coordinar todo y a la vez no incumplir ninguna norma institucional —explicó Orso.

La convocatoria al torneo de waterpolo surgió de contactos entre equipos y amistades, con la UNR como nexo para sumar jugadoras de Chubut y otros clubes.

Laura Cointry, docente, vicedirectora de la Escuela 117 y profesora de francés en quinto año de la Escuela Belgrano de Rosario, llegó porque su hijo practicaba waterpolo desde chico. Ella había construido una relación de amistad con otros padres y madres y terminó aceptando la invitación para probar. Hasta entonces no había practicado un deporte colectivo. Ahora sostiene la actividad.

La organización del encuentro tuvo que contemplar incluso cuestiones que parecen menores hasta que aparecen dentro de una institución: la ropa, los colores, los logos, las autorizaciones. Orso lo resume en una palabra: recreación.

La convocatoria también tuvo una lógica propia. No hubo una campaña masiva para buscar jugadores. El contacto se produjo a partir de relaciones construidas dentro del deporte. Un equipo recomendó a otro. Un jugador pasó un contacto. Alguien conocía a las chicas de Chubut. Así fueron apareciendo los nombres. El programa distribuyó partidos durante viernes, sábado y domingo. Durante los tres días, lo que se destacó fue uno de los rasgos que los organizadores consideran centrales: el encuentro entre generaciones.

El Club Universitario de Rosario autorizó la propuesta desde un marco de recreación para adultos con foco social, deportivo y de diversidad.

Orso sostiene que lo intergeneracional y lo mixto no son detalles secundarios. Los considera parte del sentido del deporte. Los más jóvenes pueden observar a los mayores y los mayores también aprenden de los más chicos. El aprendizaje no queda limitado a las indicaciones de un entrenador.

En un torneo de estas características, incluso la autoridad puede cambiar de manos. Algunos jugadores jóvenes participan como árbitros. Otros colaboran como entrenadores. Los más experimentados pueden ocupar funciones dentro de la organización. Planilleros y responsables del reloj también suelen ser personas que atravesaron distintas etapas dentro del deporte.

—Es como vivir un fin de semana muy intenso en donde se respira, se mira, es todo waterpolo —dijo Orso.

Los equipos invitados adaptaron su nivel de juego a un encuentro recreativo y mixto, una condición central del Waterpolo Master 2026.

Las historias de los jugadores

Manuel Vázquez conoce esa transformación desde adentro. Tiene 51 años, trabaja en el área administrativa de un frigorífico y es ingeniero en sistemas. Había nadado de chico por el asma. En la adolescencia dejó la actividad. Antes había conocido el waterpolo casi de manera circunstancial, cuando la Federación Rosarina de Natación lo invitó a jugar un torneo provincial. Volvió muchos años después por su hijo.

El hijo jugaba en UNI. Un grupo de padres quiso probar el deporte y comenzó a reunirse. Vázquez volvió a entrar al agua.

—El día que me volví a tirar a la pileta, volví a ser el chico que era mi hijo —contó.

Durante años había visto a su hijo jugar y le había dado indicaciones desde afuera. En algún momento decidió probar por sí mismo. El cambio no fue solamente deportivo.

—Yo lo veía a mi hijo y le decía: “Hacé esto, hacé lo otro, hacé aquello”. Y le veía la cara, que lo disfrutaba, y volver a tirarte… rejuvenecí a la edad de mi hijo.

Araceli y Carlos: el encuentro de waterpolo master reunió a personas de distintas edades, en su mayoría mayores de 50, y fortaleció una comunidad deportiva.

El doctor Marcos Cavagna también llegó al waterpolo a través de sus hijos. Es cirujano y trabaja en San Lorenzo. Tiene 52 años.

Su primera experiencia fue diferente a la de Vázquez. No venía de una trayectoria deportiva en natación. El primer contacto con la pileta fue, según sus propias palabras, una cuestión de supervivencia.

—Ahí al principio uno nada o se ahoga y después recién puede pensar dónde está la pelota o tratar de dar un pase.

Cavagna describe así una dificultad que quienes observan el waterpolo desde afuera pueden no percibir. El juego sucede en un ambiente en el que el cuerpo no tiene apoyo. Antes de pensar en una jugada hay que mantenerse a flote. Después aparece la pelota. Después el pase. Después el arco.

Parte de las organizadoras silvers junto a integrantes de equipos juveniles.

Para él, además, el deporte permitió recuperar un tiempo compartido con sus hijos. Su hija también practica waterpolo. La profesión, explicó, muchas veces le había impedido disponer de esos momentos. La pileta se convirtió entonces en un espacio común.

No siempre fue sencillo. Los jugadores mayores reconocen que el cuerpo responde de otra manera y que sostener la práctica exige constancia. Pero también encuentran allí otra forma de relación. Dentro del agua compiten. Fuera de ella, comparten.

Cavagna define a Vázquez como un jugador intenso, buen compañero y capitán. Vázquez devuelve el elogio y lo describe como un jugador aguerrido, de esos que persiguen una pelota hasta el final. La conversación termina entre risas.

Marianela Vaselli lleva cinco años practicando waterpolo. También llegó por su hijo, que juega en UNI. Cuando se formó el grupo de padres y madres, decidió sumarse. Nunca había hecho natación. De chica había pasado por una colonia, pero nada más. Con el tiempo, dice, su velocidad en el agua mejoró.

Su hijo fue quien la empujó a probar.

—Mamá, todo lo que te haga bien y más físicamente… —le dijo.

Madres y padres que llegaron al waterpolo por sus hijos formaron un grupo propio y encontraron en la práctica un espacio de vínculo familiar.

El deporte terminó funcionando en las dos direcciones. El hijo la acercó al waterpolo y ella encontró una actividad que le permitió compartir con él un espacio que antes pertenecía, sobre todo, a los jóvenes.

Vaselli habla de los efectos físicos, pero también de la dimensión social. Después de los partidos, los participantes compartieron una hamburgueseada. El encuentro continuó fuera del agua. Ese después también forma parte del torneo.

Mujeres que empezaron desde cero y viajaron desde la Patagonia

Andrea Verónica Ruggiero, llegada desde Rawson, ofreció uno de los testimonios sobre la expansión del waterpolo master fuera de los centros tradicionales. Contó que en su zona el deporte “no se conocía” y que el grupo de su club está integrado por “24 mujeres”, todas mayores de 40.

Mujeres adultas de Chubut viajaron a Rosario para el Waterpolo Master 2026 y mostraron la expansión del waterpolo master con un grupo de 24 jugadoras mayores.

Su caso personal condensó esa experiencia. “No nadaba. Miedo al agua”, dijo. Después precisó que aprendió a flotar y que empezó a jugar a los 39 años; hoy tiene 42.

Ruggiero añadió que el viaje a Rosario también tuvo un sentido deportivo puntual: en su lugar de práctica no suelen jugar en cancha completa y aquí debieron adaptarse a una pileta profunda en la mitad del campo. De las 24 integrantes del grupo, solo cuatro pudieron viajar por la distancia y las dificultades de movilidad.

Equipo de la UNR combina juventud y experiencia.

Varias generaciones nadando detrás de una pelota

El viernes, el primer partido comenzó a las 21. El domingo, después del último encuentro, la programación terminó con Grek frente a UNR. Entre ambos momentos habían pasado tres jornadas, varios partidos y decenas de personas dentro y alrededor de la pileta.

En ese tiempo, el waterpolo fue competencia, entrenamiento, aprendizaje, viaje y reunión.

Marianela, Manuel, Ezequiel, conocido como El Pulpo, y Juan José Cayetano de Club Universitario.

Para Ruggiero fue, sobre todo, la posibilidad de superar un miedo que alguna vez parecía incompatible con este deporte.

Para Vázquez, fue volver a ser chico junto a su hijo.

Para Cavagna, aprender a sobrevivir en el agua antes de aprender a jugar.

Para Vaselli, encontrar una actividad que su hijo le había recomendado.

Para Cointry y quienes organizaron el encuentro, fue convertir meses de llamadas, autorizaciones y acuerdos en tres días de waterpolo.

La pelota, mientras tanto, siguió pasando de una mano a otra. En el agua no hay piso. Tampoco hay una posición cómoda para mirar el partido desde afuera. Hay que mantenerse a flote, decidir rápido y volver a empezar. Quizás por eso, para quienes llegaron después de los 50, volver a tirarse a la pileta no significó regresar a un lugar conocido. Significó aprender de nuevo.

El cierre, una fiesta del deporte senior.

Si después de leer esta historia querés probar el waterpolo, podés acercarte a los equipos que participaron del encuentro y consultar horarios, categorías y formas de incorporación. En Rosario, Club Universitario de Rosario – Waterpolo y la UNR cuentan con propuestas para mayores. También podés contactar en CABA a Dogos Waterpolo, el primer equipo de waterpolo y natación LGBTI+ de Sudamérica. En Córdoba a Grek Waterpolo. De Chubut participaron dos equipos: Bagualas de Rawson y Guerreras de Comodoro Rivadavia. Y de San Juan, participó Universidad Nacional de San Juan (UNSJ).

Apolo, jugador de primera que dirige al equipo silver.

Fotos: Gentileza Clarisa Cea

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