La robaron dos veces, la encontró un perro y la fundió un argentino: las desgracias que sufrió la primera copa del Mundial

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La Copa Jules Rimet en manos de la Policía de Londres
(Grosby)

El domingo 27 de marzo de 1966, David Corbett salió a pasear a su perro por las calles de Londres como cada mañana. El animal, un mestizo llamado Pickles, se detuvo frente a un árbol y comenzó a olfatear un paquete envuelto en periódicos, medio enterrado entre las raíces. Corbett apartó el papel y vio a una mujer con los brazos en alto sujetando una copa. Debajo, unas pequeñas placas con nombres grabados: Alemania, Uruguay, Brasil. Lo que cien detectives de Scotland Yard no habían podido encontrar en diez días, un perro lo descubrió en cuestión de segundos.

La historia de la copa Jules Rimet es, antes que cualquier otra cosa, la historia de un objeto que nunca terminó de pertenecerle a nadie. Creada por el escultor francés Abel Laffleur, la figura representaba a Niké, la diosa griega de la victoria: brazos extendidos, alas estilizadas, una copa octogonal sobre la cabeza. Medía 30 centímetros, pesaba 3.800 gramos de plata esterlina enchapada en oro, y su valor se estimó en 50.000 francos. Fue bautizada en honor de Jules Rimet, el presidente de la FIFA que en 1928 organizó el primer Mundial de Fútbol, celebrado dos años después en Uruguay.

Desde entonces, el trofeo viajó de mano en mano como un objeto que el mundo se disputaba sin saber muy bien cómo custodiarlo. Rimet la llevó personalmente a Montevideo en sus valijas para entregársela al primer campeón. Italia la ganó dos veces seguidas y, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el dirigente Ottorino Barassi la escondió en una caja de zapatos bajo su cama para protegerla de los bombardeos y los nazis. Después de la guerra volvió a la FIFA, luego pasó a Alemania, después a Brasil, que la ganó en Suecia en 1958 con un joven llamado Edson Arantes do Nascimento -Pelé- y la retuvo en 1962 al repetir el título en Chile.

Pele con la Jules Rimet
(The Grosby Group)

Cada cuatro años, la Rimet viajaba desde el país campeón hacia el país organizador del siguiente torneo, como un mensajero que cruzaba fronteras sin pasaporte. En enero de 1966 llegó a Londres procedente de Brasil para el Mundial que Inglaterra organizaba en casa. Los medios la recibieron con cobertura de prensa, programas de radio y televisión. El país que inventó el fútbol soñaba con ganar su primer título en su propio suelo.

El 18 de marzo, los organizadores la colocaron en una vitrina del Central Hall Westminster. Al día siguiente, el único guardia responsable se ausentó unos minutos para tomar un café. Cuando regresó, la copa Jules Rimet había desaparecido. El escándalo sacudió a la policía de Londres y a Scotland Yard, que desplegó un centenar de agentes y detectives. Durante diez días, los resultados fueron nulos: detuvieron brevemente a dos personas que no tenían ninguna relación con el robo y perdieron tiempo con pistas falsas que les proporcionaban oportunistas atraídos por la recompensa.

Entonces llegó Pickles. El mestizo recibió el tratamiento de un héroe nacional. Su dueño cobró 6.000 libras de recompensa y una empresa de alimentos para animales le regaló un año de comida gratis. Dueño y perro fueron invitados a programas de televisión y a la cena de celebración del título inglés, junto al plantel y a la reina Isabel II. La policía, puesta en ridículo por una mascota, interrogó a Corbett como si fuera sospechoso, aunque su única responsabilidad era haber sacado a pasear a un perro con buen olfato.

Pickles, el héroe que encontró la copa (Grosby)

Se supuso que el ladrón, abrumado por la repercusión del caso, abandonó el trofeo para no ser atrapado. Pickles se convirtió en una celebridad capaz de competir en popularidad con The Beatles. Fue invitado a la ceremonia del Mundial de México 1970, pero un accidente doméstico se lo impidió: se le enganchó la correa mientras corría detrás de un gato y murió ahorcado. Esa, al menos, fue la versión que publicó The Sun.

Inglaterra ganó el Mundial de 1966. Brasil, con Pelé lesionado y arbitrajes adversos, no pudo quedarse con la copa de manera definitiva. Lo logró cuatro años después en México, al vencer a Italia por 4 a 1 en la final. Según las reglas que el propio Rimet había establecido al instituir el trofeo, quien ganara tres torneos se lo quedaba para siempre. El Scracth lo había conseguido, y la Jules Rimet pasó a vivir en Río de Janeiro, en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF).

Fue entonces cuando Abrainn Tebel, uno de los máximos dirigentes de la CBF que había participado en el traslado de la copa desde Río hasta Londres en 1966, declaró con orgullo: “Esto en Brasil nunca hubiera pasado. Incluso los ladrones en nuestro país consideran la Copa sagrada y robársela hubiera sido un sacrilegio”. Diecisiete años después debió tragarse esas palabras.

La noche del 19 de diciembre de 1983, dos hombres se escondieron en el baño de la sede de la CBF y esperaron a que cerrara el local. Nadie revisó el baño. Cuando la noche avanzó, José Luiz Vieira da Silva, alias “Bigode”, y Francisco José Rocha, alias “Barbudo”, salieron de su escondite, redujeron al sereno y tardaron apenas veinte minutos en desarmar la vitrina por la parte trasera, extraer el trofeo, meterlo en una bolsa y marcharse. La vitrina blindada, que resistía balas, estaba adherida a la pared con madera y cinta.

El plan había sido concebido por Sergio Pereyra Alves, un empleado bancario que visitó el local y descubrió la debilidad de la vitrina. Se lo contó a Juan Carlos Hernández, un joyero argentino radicado en Río de Janeiro que, además de sus oficios legales, se dedicaba a reducir joyas robadas. Esa misma noche, según la versión oficial de la policía brasileña, Hernández cortó la copa en pedazos con sus instrumentos y la fundió para vender el oro en lingotes.

La diosa Niké, que había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial escondida bajo una cama, que había viajado en las valijas de Jules Rimet y en los brazos de Obdulio Varela, que había sido encontrada por un perro entre las raíces de un árbol londinense, aparentemente no sobrevivió a una joyería de Río de Janeiro.

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