“Es solo un partido de fútbol”

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Lionel Scaloni, el entrenador de la Selección que va en la búsqueda de otra final (Imagen Ilustrativa Infobae)

La frase de Lionel Scaloni buscó bajar la temperatura de una semifinal que, inevitablemente, excede lo deportivo. Y no es casual que haya sido él quien la pronunciara. Desde que asumió al frente de la Selección, el entrenador intenta transmitir una idea que atraviesa todo su ciclo: desdramatizar el fútbol. Sacarle el peso de la tragedia. Recordarle a una sociedad acostumbrada a vivir cada partido como una cuestión de vida o muerte que, al fin y al cabo, esto sigue siendo un juego.

Es una filosofía que lo acompañó desde Qatar. La de competir con el máximo compromiso, pero sin convertir el resultado en una sentencia sobre la felicidad o la identidad de un país.

Todos sabemos que el fútbol se juega con historia, con símbolos y con recuerdos que ninguna generación elige, pero que terminan formando parte de una identidad compartida. Es lógico comprender que existen partidos que movilizan fibras diferentes.

El fútbol convive con la memoria, con las emociones y con la identidad de los pueblos. Pero justamente por eso vale la pena protegerlo de una carga que no le corresponde. Hay dolores que pertenecen a la historia. El fútbol puede emocionar, unir o regalar alegrías inmensas. Nunca reparar tragedias.

Ahora le toca a la Scaloneta escribir su propia historia. La de Diego ya es patrimonio del fútbol argentino. Lionel Messi, curiosamente, nunca disputó un partido oficial ni amistoso frente a la selección de Inglaterra. Será su debut, recién ahora. Mirá que jugó partidos Messi. El destino quiso que su primer cruce llegue en una semifinal de la Copa del Mundo. El fútbol le reservó este capítulo para un momento trascendental.

El abrazo simbólico de dos grandes. Diego Maradona con la camiseta de los dos goles a los ingleses y Lionel Messi con la casaca que usará esta tarde (Imagen Ilustrativa Infobae)

Argentina se enfrentará en semifinales al primer gran rival de su recorrido en este Mundial. No porque los adversarios anteriores no hayan sido competitivos ni hayan representado obstáculos, sino porque Inglaterra supone el primer cruce ante una verdadera potencia del fútbol mundial. Y la cita llega, además, en una instancia en la que ya no hay margen para el error.

Inglaterra tiene una gran similitud con la Selección de Lionel Scaloni: la capacidad para adaptarse a escenarios completamente distintos. Le tocó resistir y defender durante largos pasajes frente a México. Debió asumir el protagonismo ante un bloque bajo como el que le propuso Panamá. También aceptó un partido de ida y vuelta contra Croacia. Atravesó todos esos contextos y sobrevivió a cada uno de ellos gracias a la jerarquía de sus futbolistas, especialmente de un frente de ataque capaz de resolver cuando el colectivo no alcanza.

Entre los cuatro equipos que permanecen en competencia, la selección argentina es probablemente la que menos funcionamiento ha mostrado. Sin embargo, en todas las materias del orden de lo intangible, la albiceleste es líder indiscutida. La personalidad, el carácter, el espíritu competitivo y la jerarquía individual —con Lionel Messi como máxima expresión— han elevado a un equipo al qué es imposible no candidatear.

Enfrente tendrá ni más ni menos que a la Inglaterra de Thomas Tuchel. Partiendo desde la importancia de su entrenador, es una selección seria, competitiva y construida alrededor de futbolistas de calibre mundial. Un equipo que quizá no deslumbre durante largos pasajes, pero que entiende cómo administrar los partidos y castigar los errores del rival.

Jude Bellingham, la figura de Inglaterra, y su entrenador Tomas Tuchel (Foto REUTERS/Paul Childs)

El propio Tuchel, campeón de la Champions League con Chelsea, podría ser considerado como una de las grandes figuras. Sus equipos evidencian rápidamente la impronta del entrenador alemán y una de sus mayores virtudes está en la lectura táctica para intervenir sobre el desarrollo de los encuentros. Sus cambios rara vez son azarosos: suelen responder a problemas muy específicos que detecta durante el juego. Es un entrenador muy respetado en el mundo del fútbol.

Ante Noruega volvió a demostrarlo. Sacó a O’Reilly, que estaba firmando un gran partido, para darle ingreso a Djed Spence, un lateral derecho jugando por la izquierda. ¿El motivo? La entrada del zurdo Oscar Bobb. Tuchel entendió que Bobb buscaría permanentemente el perfil interno y prefirió un defensor cuya pierna hábil le permitiera controlar mejor esos movimientos. Son detalles. Pero las semifinales de un Mundial suelen decidirse precisamente en esos detalles.

A lo largo de esta Copa del Mundo, Inglaterra se sostuvo sobre la jerarquía de sus dos grandes figuras: Jude Bellingham y Harry Kane. Sin lugar a dudas, los futbolistas más determinantes de los Three Lions. Entre los dos acumulan 12 goles: seis cada uno. Una barbaridad.

Harry Kane, el goleador de Inglaterra (Foto Reuters/Jay Biggerstaff)

Bellingham es el futbolista total: organiza, rompe líneas, llega al área y aparece en los momentos decisivos. Kane, por su parte, sigue siendo mucho más que un goleador. Sale del área, conecta el juego y obliga a los centrales a decidir si seguirlo o proteger la espalda. No es casualidad que Jude llegue tanto al gol: buena parte de esos espacios los fabrica Harry Kane con sus movimiento e inteligencia.

Pero este equipo también se explica en sus dos mediocentros: Declan Rice y Elliot Anderson. Dos tipos que en la materia de hacer jugar y cubrir espacios entienden de sobra. Gracias a sus constantes apoyos y su capacidad para enarbolar jugadas, el propio Jude se puede tomar las licencias de adelantarse en el campo.

El sello de intensidad que su entrenador promulga esta bien representado en este equipo. Cuando ataca tiene muchas vías posibles, los laterales siempre se acoplan, aunque suelen hacerlo en el carril interno por las características que tienen sus extremos. Tanto Anthony Gordon, Marcus Rashford, Bukayo Saka o Noni Madueke, son futbolistas de banda que buscan amplitud para apelar al uno contra uno. Algo que contra Noruega dio sus frutos.

Inglaterra también tiene debilidades claras. La principal aparece en el lateral derecho, un verdadero talón de Aquiles y otro punto de contacto con la Argentina. Tuvo problemas allí por lesiones y bajos rendimientos: primero con Reece James, luego con Quansah, expulsado ante México, y finalmente con la necesidad de adaptar a Ezri Konsa en esa posición. Sus características naturales de marcador central se hacen visibles, sobre todo cuando debe defender lejos del área o proyectarse en ataque.

La pelota parada defensiva también expuso algunas falencias. A raíz de su marca mixta, Inglaterra suele dejar segundas jugadas vivas y no siempre logra limpiar el área con autoridad. Allí puede encontrar una oportunidad la Argentina, que tiene en ese aspecto una de las fortalezas más inesperadas, pero también más valiosas, de este Mundial. Los rebotes…

Otra de las claves puede estar sobre el sector izquierdo de Inglaterra. Allí, precisamente, donde Lionel Messi suele esperar y frotarse las manos. No porque Nico O’Reilly no sea un gran futbolista, sino porque su rol ofensivo lo lleva a abandonar con frecuencia esa zona. Es un lateral que suele atacar por dentro, ocupar el carril interior y, por momentos, posicionarse casi como un segundo delantero.

Si Argentina logra recuperar y salir rápido, ese espacio puede quedar descubierto. Y ahí aparece Messi, que muchas veces parece estar fuera de la jugada hasta que encuentra el segundo exacto para entrar en ella. Espera, observa y elige. Si recibe en ese sector, puede quedar cara a cara con Marc Guehi, obligarlo a salir de su zona y transformar una pequeña grieta en una jugada decisiva. Porque donde los demás ven un espacio, el Diez suele ver una oportunidad.

El banco inglés también ofrece jerarquía y profundidad. Tuchel puede recurrir a Morgan Rogers, Eberechi Eze, Marcus Rashford y tantos otros futbolistas capaces de modificar el desarrollo desde el ingreso. Todo indica que será un partido largo, cerrado y muy parejo: una semifinal alucinante entre dos selecciones instaladas en la élite mundial. Argentina, segunda en el ranking FIFA; Inglaterra, cuarta.

A esta altura del Mundial hay poco por descubrir. Lionel Scaloni ya dejó en claro que sostendrá la estructura albiceleste que lo trajo hasta acá, con una columna vertebral consolidada y un recambio que, lejos de debilitar al equipo, suele potenciarlo cuando el partido lo necesita.

Donde sí puede aparecer una diferencia importante es en el aspecto emocional. Argentina llega respaldada por algo que no se compra ni se improvisa: la experiencia de haber sido campeona del mundo y bicampeona de América. Ese que se yo que todos le observan al equipo.

Este grupo aprendió a jugar bajo presión, a sobrevivir a los momentos límite y a convivir con la obligación de ganar. Inglaterra, en cambio, carga sobre sus espaldas un peso que durante años también persiguió a Lionel Messi y a la selección argentina: el de varias generaciones esperando volver a levantar un gran título. Y en una semifinal de un Mundial, cuando las piernas empiezan a pesar y el reloj acelera el pulso, ese componente emocional puede terminar siendo tan decisivo como cualquier planteo táctico. La psicología de los equipos será crucial.

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