Fue el primer socio de Maradona en Argentina, jugó en Racing y San Lorenzo y tiene canción propia: el gesto de Diego que jamás olvidó

0
3

Maradona y Sergio Luna, juntos en la Selección juvenil. Pese a sus cualidades, a Argentina no le fue bien en el Sudamericano Sub 20 de 1977: quedó cuarta en el Grupo B

La magia sucede. No se puede forzar, ni impostar, ni inventar; sucede. Es un chispazo, un relumbrón. Un rapto de inspiración, dos elementos que se combinan. Cuando Sergio Luna conoció a Diego Maradona, la magia sucedió. Y advirtió que podían hablar en un idioma que todos los futboleros conocen, pero que solo los privilegiados logran llegar a decodificar.

“Apareció en el entrenamiento de la Selección juvenil, en el predio del Sindicato de Empleados de Comercio. En este entonces hacíamos fútbol contra la Mayor, previo al Mundial 78. Jugábamos contra el Tolo Gallego, Ardiles… Me acuerdo que estaba Ricardo Fusani y dijo: ‘Ahí está Diego’. Y él entró como en Boca o en el Napoli, con los botines desatados. Se puso a hacer jueguito y tiró la pelota para arriba. Nosotros nos quedamos admirándolo”, evoca Lunita, aquel enlace que fue el primer socio de Pelusa en el seleccionado, al punto que sus apellidos se pronunciaban en dueto, eran indivisibles.

Sí, en sus primeros palotes con la Albiceleste, antes de Ramón Díaz en el Mundial Sub 20 de 1979, Luna fue el que leyó mejor a aquel Pelusa inasible hasta para el marcador más recio. Los orígenes, la “calle”, fueron algunas de los puntos que lo unieron, además de su pasión por la pelota.

“La afinidad nació en los entrenamientos. Éramos dos jugadores que armábamos para adelante. Con la capacidad que tenía él y un poco la mía, estábamos conectados y sabíamos lo que íbamos a hacer”, explicó el hoy entrenador, de 68 años, en diálogo con Infobae.

Luna tuvo doble mérito para llegar a combinarse con uno de los futbolistas más legendarios que dio la disciplina, porque saltó a la Selección sin el cartel de los clubes más populares.

“Yo vivía en Las parejas, mi viejo fue futbolista semiprofesional, jugaba en Argentino Las Parejas. Y a los 9 años retorné a San Francisco, Córdoba, y ahí empecé la competencia en el baby, a participar torneos juveniles. Tuve la suerte y la conducción de mi papá, que siempre me cuidaba. Un día caí para ir a un baile y me dijo: ‘Vos mañana jugás. O te vas de joda o mañana jugás’. Me llevaba al cine o jugábamos a las cartas, para enfocarme en lo que quería. No garantiza que vayas a llegar, pero es muy importante”, ilustró sus inicios.

Otra postal de Pelusa y Lunita en la Albiceleste. Cuando dejaron de jugar juntos, Pelusa le enviaba tarjetas navideñas y de fin de año

En ese camino incipiente apareció César Luis Menotti, luego de algunos tropiezos que lo habían golpeado. “En Sportivo Belgrano jugué un año en Reserva, a los 15 tuve la frustración de probarme en River, quedé, y no me pudieron dar un lugar en la pensión. Mi viejo les dijo: ‘No tengo cómo mandarle el sánguche todos los días’. A los 16 fui a Boca, quedé a finales del 75, Había jugado en Reserva todo el año en Sportivo Belgrano y me mandaron el telegrama para que me presentara en el predio porque había hecho uso de la opción por mi pase; me compró”, detalló su derrotero. Hasta que llegó la chance.

“En el 76 debuté en Primera, se formó la Selección con promesas de los equipos del Interior y fui el único que quedó de ese grupo. Menotti me recomendó para Huracán o Vélez. Y en agosto del 76 vine a Buenos Aires como jugador profesional. Cuando me citaron por primera vez para Argentina, mi papá me abrazó y me dijo: ‘Te recibiste de doctor’”, completó su desembarco botín con botín con Maradona. Tal era el nivel de Luna que en el primer partido como titular de Diego en un seleccionado (en el estadio del Deportivo Chascomús, ante un combinado local), lució la casaca N° 9. Y la 10 quedó para su socio…

-¿En ese momento tomabas consciencia de lo que habías logrado?

-Lo tomaba con naturalidad. Era un orgullo tener la camiseta N°10 y que Diego usara la 9. Me acuerdo de un partido que jugamos en Vélez contra una selección de Rosario: jugamos un partidazo. Era un jugador… ¿Qué vamos a descubrir? Siempre lo caracterizó su humildad. Era hermoso estar con Patón Bauza, Abel Alves, Olarticoechea… Tantos jugadores que tuvieron trascendencia. Tengo todo grabado a fuego y todos acá en el barrio me halagan por las cosas vividas. Estaba cumpliendo mi sueño, era algo por lo que me había esforzado, preparado. Era feliz en esa etapa. Conseguía algo que muy pocos podrían haber logrado desde donde yo salí.

-¿Mantuviste contacto con él a lo largo del tiempo?

-Después que llegó a la notoriedad mandaba tarjetas de fin de año. Me quiso llevar a Argentinos para jugar juntos, no se dio. Conversábamos de fútbol. Cuando terminaba cada torneo, me decía: ‘Sergio, nos vemos en la próxima Selección’. Fui declarado intransferible por Menotti para el exterior para ser tenido en cuenta.

-¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

-Cuando dejé el fútbol, él tenía un sobrino en Estrella de Maldonado y yo dirigía a otro club de baby. Empecé a escuchar a alguien que me decía: “Luna, no seas tan defensivo”. Era él. Después del partido vino y le dijo a mi hijo más chico: “No sabés cómo le pegaba a la pelota tu viejo”. Eso me lo guardo para siempre. En mi casa todos somos maradonianos, es palabra santa.

-¿Cómo era Menotti con ustedes?

-Hablaba lo justo y necesario, se ganaba el respeto con su presencia. Daba las charlas y corregía ciertas cosas. Me acuerdo que a mí nunca me nombraba, y yo decía: “¿Estaré haciendo las cosas bien?“. Entonces un día me acerqué, tomé coraje y le dije: ”Profe César, no me nombró“. “Si no te dije nada es porque estás haciendo las cosas fenómeno. Seguí así”, me respondió. Te generaba una autoestima muy grande. Y nosotros éramos una banda de buenos pibes. Diego era atrevido. Venía con más calle que todos nosotros y eso que yo también venía de un lugar con mucha calle. Todos éramos unidos, nos ayudábamos mutuamente. Cuando concentrábamos, nos alojábamos en el hotel Los Dos Chinos. Y cuando teníamos que ir a la AFA a probarnos los trajes o a cumplir ciertos trámites, el Patón Bauza y Roberto Gáspari eran los que nos guiaban. No existía el egoísmo que hoy puede existir en el fútbol. Compartíamos lo mismo.

-¿Cuáles fueron tus mejores momentos?

-Vine a Vélez, me tocó el servicio militar y perdí continuidad. No lo hice, pero todas las mañanas, tenía que presentarme a las 6 y después retornar al club. Era un esfuerzo muy grande, pero te limitaba. Cuando aparecí en Vélez me fue muy bien. Otro año con el Toto Lorenzo en Racing fui el mejor jugador del torneo en Punta del Este; todavía tengo el trofeo. Otro momento bueno fue cuando vine del León de México a Sarmiento. Y 1983 fue muy bueno, salimos subcampeones con el San Lorenzo del Bambino Veira, los famosos Camboyanos.

-¿Cómo era ese San Lorenzo?

-Era un equipo que atacaba mucho, pero también nos atacaban. Quedamos muy amargados y perdimos por un punto. Teníamos jugadores con muy buen pie. Se generaba mucho fútbol, capaz por eso dejábamos abandonados a los defensores.

-¿Y cuál era la mayor virtud del Bambino Veira?

-El Bambino era muy motivador, te daba mucha confianza, te daba ese respaldo y esa libertad, que no sé si hoy sería bueno darla. Nos fuimos de pretemporada y yo recién me había casado y nos dijo “pueden traer a sus señoras”, nos consiguió el hotel y todo. Llegaba al jugador desde ese punto. A mí me decía: “Sergio, sos una gacela”. O “estás pasando un momento de fábula”. Cosas que te hacían sentir bien.

-¿Y cómo llegaste a Bolivia, donde te convertiste en ídolo?

-A principios del 84 me llaman López y Cavallero para ir a Deportivo Español y les dije que no. En el 85 vienen ellos a San Lorenzo y, como me querían en Español, pensé que iba a tener lugar, pero me dijeron que no iba a ser prioridad. Y en un entrenamiento en la Ciudad Deportiva aparecieron dos personas: eran el presidente y el entrenador de Jorge Wilstermann. Me dijeron: ‘Luna, queremos hablar con usted, lo queremos llevar’. Les dije un número para que me desecharan y, por el contrario, me lo dieron. Y pagaron el préstamo. Como tenía buena relación con el presidente (Fernando) Miele, me acompañó a firmar a Bolivia, hasta revisó mi contrato. Mi señora recién había tenido familia de Damián (Luna, su hijo, ex delantero de San Lorenzo e Independiente). Entonces, le dijo que esperara a cobrar la prima para ir, pero, apenas se hizo el pago, llegó mi familia también allá. Me instalé, al principio fue duro, porque la vida es distinta. Me fue bien, salimos campeones, estaban el Negro Quinteros y Alfredo Almada, wing de Quilmes. Al otro año retorné, como tenía que firmar el 20%, me dieron la libertad y fui otro año más. De ahí fui a Litoral de La Paz, me vio The Strongest y me mudé. Fueron los mejores años de mi vida.

Luna, en San Lorenzo, casaca que también defendió su hijo, Damián, quien fue campeón de la Copa Sudamericana 2022

-¿Por qué?

-Considero que, cuando fui a Bolivia, hice el clic. Tenía esposa, hijo, empezás a ver la vida de otra manera, y a mis cualidades le agregué entrega, garra; pude identificarme con la gente y me fue muy bien.

-¿Creés que si hubieras hecho antes ese clic tu carrera hubiera sido distinta?

-No me quejo, pero de haber hecho el clic antes, me hubiera ido mejor. Disfruté del recorrido, pero quizá hubiera sido distinto. Me faltaba entender que no solamente era meter un pase, una asistencia, y antes no se veía tanto eso, como ahora que te las cuentan todas a las asistencias. Hacías una buena jugada y te tildaban de discontinuo. Hoy hacés una jugada por partido y sos distinto. Y por ahí me faltó alguien que me exigiera más. Yo no reniego de mi papá, todo lo contrario, pero para él siempre jugaba bien. Capaz necesitaba ese reto. Me di cuenta con mi hijo Damián.

-¿Lo exigiste mucho?

-A Damián le exigí más, sobre todo cuando estaba en San Lornzo, que lo dirigí en Inferiores. Sabía de sus cualidades y condiciones, tenía más condiciones que yo. Pero esa lesión que tuvo en la rodilla lo condicionó. Aún hoy, como padre, pienso que si a Damián no le hubiera pasado eso… Vos pensá que a los 17 años le decían “el pibe maravilla”. Cuando ganó la Sudamericana, todos hablaban de Damián, decían que valía 10 millones de dólares. Eso te va generando el deseo de que pudiera cumplir eso. Aún me duele como papá. Ha sido un excelente jugador, pero sobre todo es una gran persona. No contó con esa dosis de suerte.

-¿Cuánto incide la suerte en la carrera de un futbolista?

-Incide la suerte, hay muchas circunstancias, como que las cosas se den en el momento justo. Por ejemplo, que cuando yo estaba se formara una Selección Sub 18, que mandaran a pedir en todo el país a los mejores chicos de esa edad. Tiene que ver con el gusto, que busquen al buen jugador o la fortaleza, que sean rudos o temperamentales. Son factores que están. No se puede programar nada, pero con Damián tuve la gran alegría de verlo jugar, y también sufrimos el acompañamiento de ciertas frustraciones, porque estaba marcado para un camino distinto.

Bolivia, su segundo hogar

Luna jugó casi diez años en Bolivia. En The Strongest permaneció cinco y se ganó el estatus de leyenda. Obtuvo dos títulos, pero además logró condecoraciones que no entran en una vitrina. “Me hicieron un libro en Bolivia con la historia de mi vida, tengo una canción, y soy el único jugador que se paró arriba de la pelota en un clásico. Era algo natural, veníamos mal ese año, Bolívar siempre era un hueso duro de roer, le ganamos 3-1, me paré arriba de la pelota e hice visera. Y los hinchas me hicieron un trapo enorme conmigo parado arriba de la pelota. Recibo el cariño de The Strongest y de otros clubes. No sé si habrá sido bueno o malo como jugador, pero siempre traté de ser noble”, explica.

Luna y el gesto que lo hizo eterno con la casaca de The Strongest

“Sergio Oscar Luna, tus goles son la cura, hay cuentos que perduran, de la cuna hasta la tumba”, reza la canción “A Sergio Oscar Luna”, de Marraketa blindada, un rap que lo emocionó. “Nunca imaginé tener una canción, pasó a ser un himno familiar”, comentó con la voz quebrada el día de su presentación.

“Cuando terminaba de jugar, mi señora a veces se fastidiaba porque yo me quedaba mucho tiempo a firmar autógrafos o a sacarme una foto. Y yo le decía a mi señora: ‘Si soy algo o alguien es gracias a esa gente’. Esas actitudes hacen que me tengan presente, que me valoren más como persona que como jugador. Y es lo mejor que podés dejar en la vida.

-¿De Diego te pudiste despedir?

-Quise verlo cuando estaba en Gimnasia y no me dejaron llegar. Me quedé con las ganas. No pude ir al velorio. Mis hijos y mi señora, todos fueron. Yo no pude, lo lloré mucho, no entendía que estuviera muerto.

-¿Cómo te enteraste de su muerte?

-No lo podía entender. Llegamos a casa con mi esposa y encontramos a Damián que estaba llorando. Y me dijo: “Murió Diego”. Fue como que se fuera alguien de mi familia. Hay mucha gente joven que no lo conoció, no vivió su etapa y no tiene la mejor referencia de él porque siempre se agarran de otras cosas, como la droga. Pero él estaba comprometido no solo a nivel futbolístico, sino también en lo social. Yo hoy no veo a los jugadores de la Selección comprometidos así. Uno se va fortaleciendo cuando conocés a tus raíces. Cuando las desconocés, te desviás del camino. Toda mi vida traté de mantener mis orígenes, porque todos formamos parte de una familia grande y el futbolista es un privilegiado, y desde ese rol tenés que hacerte escuchar. Hoy no veo eso.

La bandera de The Strongest que tiene a Luna como símboloLuna, como entrenador. Edificó una carrera como formador, en la que se destacan pasos por San Lorenzo y The Strongest

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here