Murió Ernesto Cherquis Bialo: el adiós a un maestro del periodismo

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El gran y reconocido periodista Ernesto Cherquis Bialo escribió hoy a las 21.56 el punto final de su página de vida. Tenía 85 años y padecía leucemia.

Ya el año pasado debió ser internado en el hospital Alemán de Buenos Aires a causa de ese mal. La gravedad de su cuadro motivó pedidos públicos de donantes de sangre y generó una ola de apoyos y oraciones entre colegas y seguidores.

Pero esa vez, su fortaleza y su ánimo hicieron un milagro. Él mismo relató las palabras que le dijo la médica que lo trató: «‘No tengo buenas noticias. La médula no funciona. Haga lo que tenga que hacer. Despídase de quien se tenga que despedir, firme los papeles que tiene que firmar’”

Sin embargo, el propio Cherquis logró salir adelante por unos meses más. Y en esa ocasión, contó lo que, finalmente, le ganó la pulseada: “Yo tuve un enfriamiento que se convirtió en un broncoespasmo, que se transformó en una pulmonía y que terminó, este, con una, una neumonía bilateral. La neumonía bilateral me produjo la falta absoluta de defensas y la falta absoluta de defensas hizo que dejara de funcionar mi médula. Y cuando mi médula dejó de funcionar, el organismo reaccionó con una leucemia”.

Esta vez, el milagro no sucedió. Y toca decir adiós.

El periodismo

Marzo de 1963. Un joven Ernesto Cherquis Bialo llega hasta Azopardo 579 (esquina México, casi San Telmo), la placa de bronce lustrado indicaba Editorial Atlántida, y apenas ingresa, en el mostrador de la entrada Ranea, el portero, siempre atento y enfundado en su uniforme gris franela, le indicó: “Tome el ascensor hasta el tercer piso y espere en el hall que el señor Fontanarrosa lo mandará a buscar”.

Carlos Fontanarrosa dirigía El Gráfico, la principal revista de deportes no sólo del país sino del continente. El medio escrito en el que cualquier periodista deportivo soñaba con ver su firma.

“Fontanarrosa me hizo sentir tan cómodo en aquella primera entrevista, tan cálidamente tratado que desbarató mi discurso formal de compromiso futuro. En persona era tan agradable como en la tele cuando conducía Polémica en el Fútbol por el Canal 13″, evocaba Cherquis en una de sus memorables notas dominicales aquí, en Infobae. “La charla duró unos pocos minutos. Los suficientes como para saber que la revista vendía 78.000 ejemplares de los históricos 165.000, que había que recuperarlos, que estaba en un proceso de cambio abierta a nuevas ideas, que no se hacía para los amigos ni mucho menos para los enemigos, que debían convivir en sus páginas héroes y villanos y que lo más importante, la Ley 1 digamos, era el respeto por sus lectores. Imposible no entenderlo para siempre».

Cherquis Bialo junto a Héctor Vega Onesime, en la redacción de El Gráfico

Piri García, el coordinador de la revista, le blanqueó el panorama, cómo venía la mano: “Vos entrás a prueba por 28 días; si andás bien, quedás como colaborador –última categoría gremial- y cobrarás 1.500 pesos (un poco menos de 10 dólares de la época) por nota”. Y agregó: “Lo mismo que te pagaremos por si te quedas a corregir los domingos (se refería a la corrección de estilo o datos sobre todos los textos de cada autor) o si tenés que venir a la madrugada a ver vidrios”, la última revisión con las páginas desplegadas en planchas transparentes que permitían visualizar títulos, textos, fotografías e ilustraciones antes de enviar todo el material a imprenta.

Cherquis Bialo, con la redacción de El Gráfico

Más porteño que uruguayo

Tanguero (habitué por años al Viejo Almacén o Caño 14), futbolero (fana de San Lorenzo) y amante del box, claro (el Luna Pak fue su segundo hogar y la oficina de Tito Lectoure, gran amigo, siempre estuvo abierta para él), era tan porteño como el Obelisco menos en el DNI. Es que sus padres -inmigrantes polacos y rusos- llegaron a Montevideo, Uruguay, donde Ernesto nació el 30 de septiembre de 1940. La montevideana calle Yi pasaría a ser un recuerdo cuando la familia decidió mudarse a Buenos aires, donde vivió en varios conventillos (Corrientes y Yatay, y después Potosí y Rawson), estudió y paralelamente ingresó al Club Desarrollo como boxeador; allí llegó a entrenar con el gran Luis Ángel Firpo ya retirado.

Ernesto Cherquis Bialo recibiendo una distinción del Círculo de Periodistas Deportivos junto a su hijo Gustavo (Guillermo Llamos)

Luego de un breve paso como pasante en Clarín, en 1962, un año más tarde llega a El Gráfico para esa entrevista inicial con Fontanarrosa. A través de sus páginas, la revista fundada por Constancio C. Vigil en 1919, va a transformarse con el paso de los años en la auténtica historia oficial del deporte. Con un linaje de plumas históricas que fueron marcando la narrativa deportiva, empezando por el fútbol, el automovilismo y el boxeo, las tres disciplinas más populares, hasta que a mediados de los ‘70, a partir del boom Vilas, el tenis se sumará seguido a sus tapas. De hecho, hasta que en los ‘80 la televisión impone su poderío en cada fecha dominical, salir en la tapa de El Gráfico significaba llegar. Un sueño, una meta, un logro en sí mismo.

Cherquis Bialo junto a Bob Arum,

Ese pacto de fidelidad semanal con los lectores sólo fue posible a través de grandes plumas y grandes fotógrafos (cómo no). Así, Ernesto Cherquis Bialo se incorporó a un linaje que en El Gráfico iniciarán Borocotó y Frascara, y luego continuarán -según pasan los años- El Veco, Juvenal, Dante Panzeri, Osvaldo Ardizzone, Carlos Ares, Luis Hernández, Carlos Irusta, José Luis Barrio y Daniel Arcucci, por citar sólo algunas de las grandes firmas que dejaron su marca en la revista. “El Gráfico adoptó una personalidad coloquial, de encuentro con sus lectores, haciendo una simbiosis entre el que escribe y el que lee”, explicaba Cherquis, quien fue escalando en el staff, desde cronista principiante hasta convertirse en director (en reemplazo de Héctor Vega Onesime), cargo que ocupó desde 1984 hasta 1990 (lo sucede Aldo Proietto).

Dos leyendas del periodismo: Alfredo Serra y Ernesto Cherquis Bialo, dándole a la Olivetti Letera desde Montecarlo, enviados especiales por Gente y El Gráfico respectivamente

Realizó múltiples coberturas. Pero ante todo, la firma de Cherquis Bialo es sinónimo de box. En 1968, el popular vino Peñaflor empezó a auspiciar las transmisiones de boxeo en radio Splendid. “Me hicieron una oferta que no pude rechazar”, le gustaba decir en modo Marlon Brando en El Padrino. Por esa razón, hasta su regreso definitivo a la revista, durante años firmó como Robinson (el seudónimo que utilizó por su admiración a Ray Sugar Robinson)) dado que la revista exigía exclusividad.

Consultado por El País de Uruguay, de esta manera hacía un compendio del box argentino: “Carlos Monzón fue el campeón mundial más grande que tuvo la Argentina, claramente. Ringo Bonavena fue un titán en una época de enormes campeones del mundo como ya no hay en los pesos pesados. Víctor Galíndez fue un grande, con una epopeya inolvidable ante Richie Kates en Sudáfrica. Santos Laciar, Horacio Accavallo fueron grandes también, lo mismo que Uby Sacco, aunque este duró lo que la luz de un fósforo porque su vida no fue fácil. El boxeo era el deporte número dos, en discusión con el automovilismo. Y las tapas de El Gráfico lo reflejaban”.

Ernesto Cherquis Bialo en Infobae, desde donde volvió a reflotar su estilo desbordante y barroco en tantas notas dominicales

De puño y letra

Ninguna crónica sobre la vida de Cherquis Bialo podría ser mejor que su propia pluma. En septiembre de 2016 comenzó a publicar en Infobae. Estos extractos de un puñado de sus textos, de lectura imprescindible, lo comprueban:

Ernesto Cherquis Bialo junto a Muhammad Alí

Zaire

“The Rumble in the Jungle” (”La pelea en la selva”), tal como se ha inmortalizado ocurrió, pasó, fue un hecho cierto. Podemos dar fe de ello 700 periodistas enviados especiales de todo el mundo –dos de medios argentinos: Emilio Ferés por el diario La Nación y yo que firmaba como Robinson por El Gráfico-, más cientos de millones de espectadores del planeta que pudieron verla por televisión a través de la CBS de los Estados Unidos. Fue hasta aquí el único acontecimiento que cumplió con la premisa de la eternidad. Eso de “la pelea del siglo” –que siempre es por un tiempito– esta vez resultó cierto.

Todo aquello, lo del Zaire, lo recuerdo por haberlo escrito para El Gráfico. Y también partes de aquella nota. Por ejemplo:

-A las cuatro menos cuarto de la mañana me di cuenta que todo era cierto. Que las 40.000 personas existían y palpitaban, que lo frenético del baile lingalo me ubicaba en África, que la transpiración que nos bañaba simbolizaba el clima de este misterio tropical, que Cassius estaba en el ring esperando a su rival y la expectativa del mundo entraba en su período de agonía. Cuando apoyó la espalda sobre las cuerdas en las que yo clavaba mis ojos, sentí miedo. Temí que semejante prodigio se desplomara ante la fuerza bruta de Big George. Y preparé por las dudas la frase póstuma: ‘Esta noche, el boxeo se quedó sin Clay, pobre boxeo’.

Desde el 2008 hasta el 2016 fue Director de Medios y Comunicación de la AFA. Para la nueva generación digital, esa etapa quedará resumida en una salida con ese histrionismo que se encendía ante cada cámara:

El último viaje de Grondona

Ese martes 29 de julio de 2014, Grondona abandonaría su oficina por última vez a las 21.05. Bajó por el ascensor chico, el privado, quejándose de un dolor en las cervicales. Había sido un día largo. Difícil. En la puerta, del lado de adentro, lo esperaban cuatro periodistas del grupo de los acreditados en AFA (CEPA). Los miró con severidad, como siempre. Y no dijo una palabra, como nunca. Se abrió paso sin dificultades y se subió al asiento delantero de la camioneta Amarok que la Volkswagen –sponsor de la Selección Argentina- le había cedido gratuitamente para su uso personal .

–“¿Adonde vamos Don Julio?”, le preguntó su chofer, Alejandro Rodríguez, a quien también le llamó la atención que esa noche, precisamente esa noche, Grondona se vaya a su casa solo, sin nadie de la AFA que compartiera su cena.

-”¿ Y adónde querés que vaya?… A casa, vamos a casa, me duele mucho acá, en la espalda”-, respondió Grondona.

Alejandro prendió las luces y se puso en marcha por Viamonte hacia el bajo. Iba a Puerto Madero en lo que sería, sin imaginarlo, el viaje póstumo con su ilustre jefe a bordo.

La

El día que le cortaron las piernas

Hoy, 30 años después, tiene vigencia la pregunta inicial de todo un misterioso entramado:

– ¿Por qué a Maradona -cosa que no había ocurrido jamás con ningún otro jugador- lo fue a buscar una señora vestida de enfermera al campo de juego para llevarlo al control antidoping?

La historia vivida e investigada es simple. Y es ésta:

Cerca de los 15 minutos del segundo tiempo Sue Carpenter, una asistente contratada como “enfermera” por la organización, se acercó hasta la boca del túnel donde se hallaba el segundo médico de la delegación argentina, el prestigioso cardiólogo Roberto Maximino Peidró.

En tales circunstancias se produjo el siguiente diálogo que la historia retrotrae:

-Yo estuve casada con un argentino-, le confiesa Sue, la rubia que luego se iría tomando la mano de Maradona al antidoping.

-¿Ah, sí?, ¿en dónde?-, preguntó el doctor Peidró.

-Aquí, en los Estados Unidos.-

-¿ Y de dónde es él?-, se interesó el médico para continuar el diálogo cordial mientras el partido continuaba.

-De Congreso. Nunca pude ir y me quedé con las ganas de conocer —contestó la señora quien jamás había sido enfermera y que por entonces ya estaba separada de aquel argentino, de apellido Rodríguez.

-¿Congreso? Yo vivo en Congreso —le respondió Peidró.

-No lo puedo creer. ¿Qué significa Congreso?-

Peidró le explicó entonces que el Palacio Legislativo le daba el nombre al barrio. Ya estaba por terminar el partido y el médico pronunció la frase por la cual se desató el histórico malentendido del doping más célebre del fútbol.

—Andá a buscar a Maradona así salís en la tapa de todos los diarios y te ve tu ex marido en Buenos Aires; vení que le digo a Diego que le tocó el doping.-

Todo resultaba ingenuo, común, de rutina, bajo el imperio de la absoluta normalidad.

Cherquis entrevistando a Ringo Bonavena

“Me llaman Ringo, Chicken”

Bonavena era todo eso y mucho más. Gran señor de la noche desde Sunset hasta Mau Mau y un ídolo indiscutible del boxeo argentino que aún sostiene el récord de público en el Luna Park: 25.236 personas vieron su triunfo ante Goyo Peralta en septiembre de 1965. Pero sobre todas las cosas el Titi, el Zurdo, Oscar o Ringo era un gran hincha de Huracán, su club de pertenencia. Había que ver cada llegada de Ringo al Ducó cuando las tribunas, las populares se levantaban y empezaban a cantar “somos del barrio/ del barrio de la Quema/… somos del barrio de Ringo Bonavena”. Lo cantaban todos y lo siguen cantando ahora 53 años después, porque este es un símbolo que quedó registrado en Patricios para siempre. Más aún podría decirse que Bonavena no le perteneció al barrio sino que el barrio le perteneció a él… Esta era la criatura que ya cansado de fajarse con todos se había ofrecido para pelearle al maravilloso Muhammad Alí sabiendo que por primera vez en su carrera sería eximido de la obligación de ganar. Todo cuanto debía hacer era pelear con dignidad, dejar todo sobre el ring, aguantar, intentar y meter su nombre en la historia.

Recuerdo que después de una hora y media en la que Ringo tuvo las manos dentro de un balde colmado de hielo, salimos a la calle para regresar al hotel. Había que cruzar la 7.ª Avenida. Nevaba en Nueva York y 20 argentinos con su banderita lo esperaban para felicitarlo, para sacarse una foto o pedirle un autógrafo. Detrás de unos lentes negros quedaba un rostro congestionado, lleno de heridas y hematomas. Costó muchísimo cruzar esa avenida llevándolo en vilo entre 4 que nos alternábamos pues su cuerpo, exhausto, pesaba más. Subir los escalones hasta la puerta del Statler Hilton Hotel fue realmente una proeza. Al llegar por fin al lobby y arrastrarlo hasta el ascensor logramos abrir la puerta de su habitación. Se tiró en la cama sin quitarse los lentes repitiendo una y otra vez. “Guapié, ¿no?”. Todo cuanto le interesaba luego de haber tenido en vilo a la Argentina era el esdrújulo consuelo de la dignidad.

Hoy, al evocarlo retomo la fina copa de champagne, la elevo, vuelvo a mirarlo a los ojos y brindo: salud Ringo, aquella noche fuiste más grande que nunca…

“Mi primera notita”

Vuelvo: ese año de 1963 escribí mi primera notita después de que el director de la Cárcel de Caseros, Don Roberto Amalric nos invitara a un partido en el patio del penal entre jugadores de la Primera de San Lorenzo y un combinado de reclusos. Al término del mismo nos ofreció un tentempié. Y junto a Coco Rossi, el Mono Irusta, Facundo, el Bambino Veira entre tantos cracks del amado club, un mozo gentil y atento no permitió que nos faltara nada. “Buen muchacho el mozo”, le señalé a Amalric. Y su respuesta me paralizó: “Sí, buen muchacho, tiene perpetua por haber matado a la madre y descuartizarla para cobrar la herencia… pero atiende bien, es atento”, me respondió.

La primera pelea

Y la primera pelea que comenté fue la que protagonizaron en el Luna Park, Ignacio Basilio Magallanes y Héctor Mora por el título argentino vacante de peso mediano. Fue en abril del 63 lo reemplacé a Piri quien se hallaba cubriendo los Panamericanos de San Pablo, el evento en el cual Bonavena le mordió la tetilla al norteamericano Lee Carr y lo sancionaron obligándolo a hacerse rápidamente profesional. A partir de ese combate firmé – con mi nombre o como Robinson- por casi 30 años las notas, comentarios y entrevistas de boxeo en la revista El Gráfico.

Cherquis Bialo con Bobby Fischer

Spassky vs. Fischer

En 1972 fui a cubrir para El Gráfico la pelea que Carlos Monzón le ganó por KO en el 5° round al danés Tom Bogs. Estaba en Copenhague, Dinamarca. Algo menos de una hora de vuelo hasta Reikiavik, Islandia. Después del match, en el vuelo Copenhague-Nueva York, en la compañía Loftleidir, escribí con mi máquina portátil Lettera 22 de Olivetti, apoyada en la mesita de la fila de a tres de la clase turista del avión, la nota que ofrecemos a continuación , cuyo título fue: “Las cosas que vi y escuché de Fischer y Spassky” (Agosto de 1972).

Ya estaban frente a frente Fischer y Spassky en la partida 17. Algo más que un tablero los separaba: una verdadera batalla. Acaso la de mejor nivel técnico después de la Segunda Guerra Mundial y sin duda la más histórica, promocionada y fantástica.

Durante la primera media hora me quedé en el asiento. Un asiento cualquiera, pues no hay numeración. Y es lógico: la gente entra y sale. Y son más los que viven el match fuera del recinto que los que ocupan los asientos. Porque adentro hay una gran pantalla en la parte superior del escenario que va mostrando cada movimiento. En el exterior hay pequeñas pantallas del tamaño de televisores que están ubicadas en todos lados y también dan la imagen simultánea. La diferencia está en que que desde afuera se puede hacer de todo mientras Fischer y Spassky fatigan sus cerebros; en cambio adentro sólo se permite respirar. Y afortunadamente Fischer no se ha opuesto a que ello ocurra. Pero además de lograr que la primera fila esté a 15 metros, que no haya cámaras de televisión, flashes y filmadoras, Fischer ha solicitado que no se permita la entrada a menores de 10 años y que los chicos sean revisados antes de ingresar para que les saquen los chocolates envueltos en papel de aluminio. Luego de una sonrisa, el presidente de la Federación islandesa ha prometido estudiar el requerimiento. (…).

Con Carlos Monzón, de quein llegó a cubrir cada una de sus peleas por el título, además de escribir su biografía,

Su top ten

Los 10 mejores pesos pesados de la historia según Cherquis:

1°) Muhammad Ali (Cassius Clay), 2°) Joe Louis, 3°) Rocky Marciano (Rocco Francis Marchegiano), 4°) Mike Tyson, 5°) Jack Johnson, 6°) Jack Dempsey, 7°) George Foreman, 8°) Joe Frazier, 9°) Larry Holmes y 10°) Evander Holyfield.

Los 10 mejores boxeadores peso por peso:

1°) Muhammad Alí, 2°) Sugar Ray Robinson, 3°) Joe Louis, 4°) Julio César Chávez, 5°) Archie Moore, 6°) Sugar Ray Leonard, 7°) Carlos Monzón, 8°) Alexis Argüello, 9°) Floyd Mayweather y 10°) Roberto “Mano de Piedra” Durán.

Dos recuerdos personales

Guillermo Vilas no podía saberlo, claro, pero justo en el momento en que llamó a El Gráfico para quejarse por la nota que yo acababa de hacerle -varias páginas, tras permitirle acompañarlo durante una semana, incluyendo la primicia de mostrar por primera vez fotos de su padre, Roque el Cholo Vilas, en plena fase de recuperación tras ser operado por un tumor cerebral-, casualmente Cherquis me estaba felicitando. Al otro lado de su escritorio vi cómo Cherquis cambiaba la cara y le decía: “Bueno, Guillermo, si es cierto lo que decís, Litvak dejará de trabajar en El Gráfico, pero no porque vos lo pidas, sino porque en El Gráfico sabemos respetar un off the récord. Ahora, si lo que te molesta tiene que ver con alguna observación o declaración que hiciste, Litvak hizo bien su trabajo”. Pasó lo segundo. Ese era Cherquis. Aun frente a una figura totémica para la revista, como era Vilas, lo que mandaba era el rigor periodístico.

Pasaron ya más de cuatro décadas, pero no me olvido más de mi primer encuentro mano a mano con Cherquis. Y no puedo olvidarlo porque fue él quien me tomó la primera entrevista de trabajo. Diciembre de 1983, a pocas horas de la asunción de Alfonsín presidente, éxtasis total por el regreso de la democracia luego de la noche oscura de la dictadura militar. Yo estudiaba periodismo en el Círculo de Periodistas Deportivos y, como cualquiera que soñaba con esta profesión, llegar a El Gráfico era lo más.

Después de sondear con amabilidad mis conocimientos generales del deporte local e internacional, Cherquis me miró fijo y me preguntó: “¿Y qué estás dispuesto a hacer para trabajar en El Gráfico?“ ”Mire, yo no aporto en mi casa, pero en mi casa no pueden aportarme. Así y todo, estoy dispuesto a renunciar hoy mismo como cadete de la imprenta donde trabajo. No se me ocurre mejor lugar que El Gráfico donde aprender el oficio.“ ”Bien, te vamos a tomar una prueba (rentada), y al cabo de un mes veremos si Litvak se pone la camiseta de El Gráfico o se tiene que buscar otro equipo».

Y acá estoy, recordándolo, Maestro. Fue un placer, Cherquis.

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