
El torneo Nacional de 1968 llegó a su fin de manera inesperada, con la última jornada en forma de un triangular épico. Racing, River Plate y Vélez Sarsfield, tres gigantes, tres colosos del fútbol argentino, se enfrentaban en un campo neutral con todo por decidir. Racing había caído ante River 2-0 en el primer partido, lo que dejó al conjunto de Núñez con un solo objetivo en mente: ganar para consagrarse campeón luego de 10 años de sequía de títulos.
El segundo encuentro enfrentaba a Vélez Sarsfield contra River Plate en el mítico Gasómetro. Para el Millonario era el partido definitivo. La batalla final que definiría a los campeones de una temporada que había sido dura, llena de pasión y sacrificio. La tensión se podía cortar con un cuchillo. La multitud rugía enloquecida, el aire estaba cargado de promesas y miedos, de sueños por alcanzar y de historias por escribir. Pero cuando el balón comenzó a rodar, la historia de gloria dio paso a una polémica acción que quedaría grabada para siempre en la memoria colectiva.
A los 11 minutos, Vélez golpeó primero con un gol de Luna. El silencio de los hinchas de River fue sepulcral, el sudor se evaporaba en la frente de los jugadores de la Banda. Pero el alma de River se encendió con la respuesta, y a los 32, Daniel Onega empató el partido con una jugada que elevó a los hinchas al éxtasis. El sueño del campeonato seguía vivo, pero Vélez no se rendía y apostaba por un juego especulativo, esperando el mínimo error de los riverplatenses.
Así llegaron al minuto 37 del segundo tiempo, el minuto que marcaría la historia para siempre. Un centro preciso de Cubilla, un toque maestro de Onega que peinó el balón hacia el punto de penal, descolocando a los defensores de Vélez y al arquero Marín. Pero entonces, apareció la figura de Recio, el cinco de River, quien con su cabezazo enérgico parecía haber mandado al equipo de Núñez a la gloria. La pelota viajaba hacia la red, cuando, como si el destino quisiera jugar con el sufrimiento, el defensor Gallo desvió el balón con la mano izquierda, salvando el gol como si fuera un arquero. La multitud quedó helada, sin poder creer lo que veía.

El estadio entero estalló en una ola de gritos. ¡Era penal! Era una falta tan evidente que ni siquiera el aire podía negarlo. Pero lo más increíble estaba por llegar: el árbitro, Guillermo Nimo, lo vio. Y a pesar de la claridad de la jugada, a pesar del rugido de los hinchas, el juicio del árbitro fue otro. El juez de línea corrió hacia él, señaló la mano, pero Nimo, como si estuviera ciego o sordo a la injusticia que estaba presenciando, decidió ignorar todo y permitió que la jugada continuara. A continuación, sancionó una infracción menor de Rodríguez sobre Marín, y de manera aún más increíble, dio por terminado el partido a los 42 minutos del segundo tiempo.
El asombro invadió a todos. Nadie entendía qué estaba pasando. El sueño de River Plate se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos, bajo la sombra de una decisión que no solo fue errónea, sino que rozaba la burla más cruel. La incredulidad se transformó en ira, y la ira, en una impotencia desgarradora. En un acto final de indiferencia, Nimo recogió el balón y salió del campo de juego, tomando el túnel hacia el vestuario como si nada hubiera pasado, como si el destino no le hubiera fallado a toda una hinchada, a toda una nación.
La semana siguiente, Vélez Sarsfield se coronó campeón al vencer 4-2 a Racing, pero el campeonato tenía un sabor amargo, un sabor envenenado por la injusticia. El sueño de River Plate había sido despojado ante los ojos del fútbol argentino. El Colegio de Árbitros suspendió a Nimo por 30 días, pero ya era demasiado tarde. Su carrera había quedado marcada por una mancha que no se borraría nunca. El escandaloso y descarado error de no sancionar el manotazo más claro de la historia del fútbol argentino, una falta que alteró el curso del campeonato y que dejó una herida abierta en el corazón de River, fue el punto de no retorno para su carrera. Nimo, considerado en su momento uno de los árbitros más respetados, nunca volvió a dirigir en partidos de gran magnitud.

Independiente campeón pese a Barreiro
Era una noche mítica en Córdoba, la cancha de Talleres se vestía de gala para recibir el partido decisivo del Torneo Nacional de 1977. En el aire flotaba la tensión, el desafío, el destino pendiente de una jugada más, de un respiro más. Independiente, con la ventaja mínima de 1-0, estaba a un empate de consagrarse campeón. El resultado parecía asegurado, el título al alcance de la mano, pero el fútbol, ese juego impredecible, tenía otros planes.
En un giro inesperado, la balanza se inclinó hacia el otro lado con una decisión controvertida. Una mano de Pagani, sin intención, en el área de Independiente, fue sancionada como penal a favor de Talleres. El estadio se sacudió, y Cherini, con calma, transformó la pena máxima en gol. El empate reavivó las esperanzas de los cordobeses, pero la historia estaba lejos de resolverse.
Apenas unos minutos después, otra jugada cambiaría el curso de los acontecimientos. Un tiro libre para Talleres. El balón se elevó al cielo cordobés, y Luque, con precisión, mandó el centro al área. Bocanelli, quien saltó con la fuerza de un hombre dispuesto a hacer historia, conectó el balón de cabeza. Pero no fue un cabezazo. No. La pelota fue empujada con el puño, con la fuerza de un jugador de voleibol, desafiando las reglas con una violencia que solo el fútbol sabe crear. Pero allí, en medio de la locura, el árbitro Barreiro, increíblemente, no advirtió la infracción. El gol fue validado, desatando una oleada de furia y confusión.
La indignación se apoderó de los jugadores de Independiente, pero el árbitro parecía sordo ante sus reclamos. La tensión creció de forma explosiva, y el control del partido se desmoronó. Tres expulsiones se sucedieron en un abrir y cerrar de ojos. Trossero, Larrosa y Galván, víctimas de una frágil paciencia, abandonaron el campo por exceso verbal. Tres hombres menos, el título escapando, y el reloj avanzando sin piedad.

En ese momento, el entrenador de Independiente, Pastoriza, no titubeó. Con valentía, apostó por un cambio ofensivo. Entraron Biondi y Bertoni, dos hombres con alma de gladiadores, dispuestos a rescribir la historia. La batalla parecía perdida, con once jugadores de Talleres frente a ocho de Independiente, pero el fútbol tiene la rara virtud de premiar a los valientes.
Fue entonces cuando el genio, el talento, la magia del fútbol se alzó por encima de la injusticia. En una jugada memorable, Independiente orquestó un ataque fulminante. La pelota recorrió el campo con velocidad, con precisión, hasta que llegó a los pies de Bochini, el ídolo de los rojos. Con su serenidad y su toque exquisito, Bochini ejecutó un remate que puso el 2-2 en el marcador y consagró a Independiente como campeón.
La noche del 1977 fue la noche en que la justicia, aunque tardía, se hizo presente. La justicia del talento, de la pasión, de la lucha inquebrantable. Fue una noche en que la injusticia se vio desbordada por el alma de un equipo que nunca dejó de creer, que nunca se rindió. Un equipo que, a pesar de los obstáculos, demostró que el fútbol no solo se gana con reglas, sino con corazón.



